El hábito que puede cambiarlo todo y nadie conoce

Existen miles de hábitos: buenos, malos y otros que pueden ser ambas cosas según el contexto. En líneas generales, podemos considerar buenos hábitos leer, tocar un instrumento, lavarse los dientes, ducharse o ir al gimnasio. De igual manera, creo que todos estamos de acuerdo en que un mal hábito podría ser mirar el móvil demasiadas horas al día, morderse las uñas o jugar setenta partidas diarias al Clash Royale.

En nuestro día a día aplicamos miles de hábitos: algunos de forma consciente, y otros, de tantas veces que los hemos repetido, de manera completamente automática. Estos hábitos definen quiénes somos, cómo nos comportamos y, lo más importante (aunque menos sabido), determinan quiénes seremos en el futuro.

El poder de lo pequeño

Pequeños hábitos como leer un poco cada día no parecen transformadores a simple vista, pero con el tiempo y la constancia se hacen notar.


Siguiendo esa lógica, una persona que lee cinco páginas al día frente a otra que no, tras un mes no mostrará grandes diferencias. Pero en diez años, esas dos personas serán radicalmente distintas.

El gran reto de mantenerlos

Entiendo que muchos de los que estáis leyendo esto —probablemente tú— sois conscientes del poder que tienen los hábitos.


Si no lo ves del todo claro, o nunca habías oído hablar del tema y te interesa, el mejor libro que puedes leer es Hábitos Atómicos, de James Clear. Te lo recomiendo encarecidamente.Ahora bien, vayamos al turrón. Si alguna vez has intentado implementar un hábito o eliminar uno que no te conviene, te habrás dado cuenta de que no es fácil. Cuesta. Y aunque existen métodos y estrategias que ayudan, hoy quiero contarte un hábito que puede facilitarte el camino.

El hábito detrás del hábito

Supongamos que el hábito que quieres implementar es tocar el piano cinco minutos al día. Hay algo que sé de ti: no tocas el piano tan bien como te gustaría. Quizás tu objetivo sea tocar una pieza concreta o llegar a dominar muchas canciones. Sea cual sea, hay un motivo detrás, una razón para querer incorporar ese hábito. Lo mismo ocurre si tu hábito es escribir cada día en un diario: probablemente lo haces porque quieres convertirte en una persona más consciente y constante.

Sea el hábito que sea, lo implementas porque hay algo de ti que quieres mejorar, una versión futura de ti mismo que te gustaría alcanzar. Yo, por ejemplo, me imagino dentro de unos años siendo una persona más responsable, más exitosa, más respetada… y solo pensarlo me ilusiona. Son esos momentos de visión los que más me motivan.

El hábito más importante de todos

¿A qué viene todo este rollo? ¿Cuál es el punto? Tranquilo, ya llegamos.

Hay días en los que no estamos motivados, en los que da igual cuántos métodos conozcamos: simplemente cuesta.
Mi propuesta es sencilla, y al menos a mí me está funcionando.
Implementa un nuevo hábito: el hábito de pensar en tu mejor versión.

Suena simple, incluso tonto, pero pruébalo. Escríbete en una hoja el propósito principal de ese hábito, aquello que te emociona solo con imaginarlo, y léelo cada día. Es tan sencillo que incluso en tu peor día del año será difícil no hacerlo. Descríbelo con todo detalle y visualízate mientras lo lees. Cuando no tengas ganas, saca ese papel y recuerda quién quieres ser y el motivo detrás de tu esfuerzo. Funciona. Pero hay un matiz importante: el propósito de tu esfuerzo tiene que ilusionarte de verdad. Si no, bueno… simplemente no será tan efectivo.

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