Por qué no hemos encontrado vida extraterrestre

En el año 1895, el suizo Guglielmo Marconi inventó la radio. Un invento que, sin duda, cambió la humanidad y revolucionó el mundo.
Pero también —aunque él no lo supiera— fue el momento en que la humanidad se reveló al universo.

Las ondas electromagnéticas que emite la radio son vibraciones de campos eléctricos y magnéticos que se propagan por el espacio sin necesidad de un medio material. Estas ondas, de baja frecuencia y gran longitud, viajan a la velocidad de la luz (unos 300.000 km por segundo) y permiten transmitir información como voz o música.

Lo más interesante de todo es que, al igual que nosotros podemos detectar e interpretar esas ondas, cualquier civilización lo suficientemente avanzada también podría hacerlo.
Y si tenemos en cuenta que desde 1895 no hemos dejado de emitirlas, eso significa que, hoy en día, en un radio de unos 130 años luz, somos detectables.

Somos como una antorcha encendida en medio de un bosque oscuro: nosotros no vemos nada, pero desde las sombras, cualquiera con la tecnología adecuada podría vernos… y decidir venir.


La teoría del bosque oscuro

Esta idea se conoce como la Teoría del Bosque Oscuro, propuesta por el escritor chino Liu Cixin en su novela El bosque oscuro (2008).
La teoría intenta explicar la famosa Paradoja de Fermi, esa pregunta inquietante:

“Si el universo es tan grande, ¿por qué no hemos encontrado a nadie?”

Según Liu, el universo es como un bosque oscuro lleno de cazadores. Cada civilización inteligente es un ser que se esconde, intentando no hacer ruido, porque cualquier otra que descubra su posición podría destruirla por miedo o instinto de supervivencia.
Por eso, las civilizaciones prudentes evitan emitir señales detectables (como las de radio), ya que hacerlo equivaldría a gritar su posición a posibles depredadores cósmicos.


El silencio del cosmos

Aun así, 130 años luz no es mucho a escala cósmica. Y lo cierto es que, pese a todo ese ruido que llevamos emitiendo, seguimos sin saber si estamos solos.

Solo en nuestra galaxia, la Vía Láctea, hay entre 100.000 y 400.000 millones de estrellas, y la mayoría tiene planetas orbitando a su alrededor. La lógica y la estadística nos dicen que sería absurdo pensar que somos únicos.
Debe haber vida inteligente en algún otro lugar.
Quizás estamos demasiado lejos.
O quizás ya nos han visto, pero sus intenciones no son las que imaginamos.


El peor escenario posible

Sin embargo, existe otra opción. Una que me resulta aún más inquietante: que realmente estemos solos.
Nunca en la historia de la humanidad hemos encontrado una sola evidencia científica y demostrable de vida fuera de la Tierra.
Y hay un dato que hace esta posibilidad aún más perturbadora.

Sabemos que la vida surgió en nuestro planeta hace unos 3.800 millones de años, es decir,un tercio de la vida del universo. Desde entonces, hasta llegar a la inteligencia humana, han pasado casi 4.000 millones de años de evolución en un entorno relativamente estable.
En todo ese tiempo, cualquier catástrofe podría haberlo destruido todo… pero no ocurrió.

Entonces, ¿y si la vida es algo muchísimo más difícil de generar de lo que creemos?
¿Y si somos una casualidad tan inmensa que jamás se ha repetido en ninguna otra parte?
¿Y si, realmente, estamos completamente solos en el universo?


Epílogo

Quizás nunca lo sabremos.
Pero hay algo inquietante en pensar que, mientras miramos las estrellas buscando respuestas, alguien —o algo— podría estar mirándonos a nosotros.
O peor aún… que nadie lo esté haciendo.

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