Así fue mi primer día como repartidor de Amazon

El encuentro más surrealista

Un día cualquiera de diciembre estaba paseando por la calle cuando, de repente, una furgoneta blanca se paró a mi lado y bajó un hombre. Por suerte para mí, no me atracaron ni vendieron mis órganos: simplemente me preguntaron si quería trabajar como repartidor de Amazon porque necesitaban gente.

Nunca había trabajado antes y tenía ganas de probar algo nuevo y ganar dinero, así que les dije que sí. Todo fue rapidísimo: un curso en un día, y a la semana ya estaba en la base (así llamábamos a la nave donde recogíamos los paquetes), preparado para afrontar mi primer día.

El inicio del desastre

La única experiencia que tenía era la del día anterior, cuando había acompañado a un repartidor veterano para aprender un poco. Y como te puedes imaginar, todo lo que podía salir mal… salió mal.

Ahí estaba yo, furgoneta cargada de paquetes y nervios a flor de piel. Nada más montarme, noté algo raro: casi no tenía gasolina. Como buen principiante, no tenía ni idea de dónde repostar, así que salí a la aventura.

Perdido, sin gasolina y sin rumbo

La aplicación me había asignado una barriada de la que nunca había oído hablar. Casas con patio, lejos de mi casa y con un navegador que parecía tener vida propia. No mostraba bien las salidas, y cuando me di cuenta ya me había saltado dos o tres.

Me puse nervioso por dos motivos: el tiempo de llegada aumentaba… y la gasolina desaparecía. La furgoneta empezó a marcar 20 km, 10 km, 5 km… y yo estaba a-co-jo-na-do. Paré en la primera gasolinera cuando el marcador marcaba literalmente 0 km. Ese día pagué 100€ de gasolina, pero no me importó lo más mínimo.

El reparto nocturno y la batería maldita

Pensabas que ahí acababa todo… ojalá.

Llegué a la urbanización y empecé a repartir, pero entre haber salido tarde y ser mi primer día, el tiempo volaba. No había parado ni a comer, y siendo diciembre, se hizo de noche enseguida.

Para rematar, la empresa aún no tenía móviles de trabajo, así que usábamos el nuestro. El problema: mi móvil tenía la batería rota, no llevaba cargador y aunque empecé el día al 100%, a las 17:30 ya estaba al 15%. Ahí sí que me empecé a cagar vivo.

Preguntando a una vecina encontré un restaurante donde me dejaron cargar el móvil. Salvado… temporalmente. Cuando llegó al 30%, decidí seguir. Error.

La liada épica: la puerta infernal

Eran ya las 20:00, estaba reventado y me quedaban un montón de paquetes. Mi supervisor me llamó y, al ver el desastre, decidió enviarme a alguien de refuerzo.

Mientras lo esperaba, aparqué muy pegado a un muro. Bajé para coger un paquete, pero la puerta corredera no abría porque chocaba contra el muro. Así que decidí entrar por la puerta trasera.

Y ahí llegó LA liada.

Entré en la furgoneta y la puerta se cerró de golpe. Intenté abrir: imposible. No tenía el teléfono y no podía acceder a la cabina delantera. Estaba atrapado. Solo. De noche. En una urbanización perdida de la montaña. En diciembre.

Ese sudor frío que te recorre el alma… pues eso.

Me di cuenta de que la puerta lateral sí se podía abrir desde dentro, pero como estaba pegada al muro, solo podía sacar un poco la cabeza. Entonces tomé la peor decisión del día: empecé a zarandear la puerta con todas mis fuerzas contra el muro hasta lograr abrirla lo justo para salir.

La alegría me duró tres segundos: me había cargado la puerta. No cerraba.

Refuerzo, cuerda y desesperación

Justo entonces llegó el chico de refuerzo. Cuando vio la cantidad de paquetes… casi se desmaya. Cuando vio lo de la puerta… se quedó blanco.

Llamamos al supervisor para explicarle la situación. Su respuesta fue:
“Entregad todos los paquetes.”
Y colgó.

El compañero ató la maneta de la puerta corredera a la del copiloto con una cuerda y tiró con dos bolsas llenas de paquetes para aligerarme. Me dejó algo más manejable y se marchó.

El final de la jornada… o eso creía

Eran las 21:00, hacía un frío que pelaba y ya me quedaban pocos paquetes. Mi móvil volvió a apagarse y tuve que ir pidiendo a vecinos que me dejaran cargarlo un rato en sus casas mientras yo esperaba en la calle. Surrealista.

Finalmente acabé mi primera jornada. Llegué a base a las 22:00, aún me quedaba una hora hasta casa, y estaba tan hasta los huevos que juré no volver al día siguiente (spoiler: sí volví).Y aquí termina mi primer día como repartidor de Amazon…
Bueno, en realidad no: para volver a casa tuve otras dos liadas increíbles. No sé qué pasaba ese día, pero eso ya lo contaré otro día.

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