Hay épocas en las que todos los días parecen una copia del anterior. Te levantas, haces lo de siempre, trabajas o estudias, comes más o menos lo mismo y al final del día sientes que no ha pasado nada nuevo. Es como si la vida se pusiera en “modo automático”.
Y no es que esté mal tener una rutina, de hecho es necesaria. Pero cuando esa rutina deja de tener pequeñas variaciones, cuando ya no pasa nada diferente, ahí es cuando empezamos a sentirnos estancados.

Lo curioso es que muchas veces no hace falta hacer grandes cambios para romper esa sensación. A veces basta con cambiar el camino al trabajo, probar un sitio nuevo para comer o simplemente hacer algo distinto en casa, como leer fuera, salir a dar una vuelta sin rumbo o escribir sobre lo que te pasa.
El cerebro necesita novedades. No hablo de volverse loco y cambiar de vida cada semana, sino de esos pequeños gestos que te hacen sentir que el día ha tenido algo distinto, algo “tuyo”.
Así que si hoy te ha parecido igual que ayer, prueba a hacer solo una cosa diferente mañana. Aunque sea mínima. Porque muchas veces no es la vida la que se vuelve aburrida, sino nosotros los que dejamos de buscar lo que la hace interesante.







