Hace un par de años empezaron a ponerse de moda unos personajes bastante curiosos: chicos jóvenes, de entre 17 y 24 años, que te enseñaban el camino del éxito. Todos parecían cortados por el mismo patrón: duchas frías, madrugar a las cinco, evitar cualquier distracción y trabajar sin descanso en proyectos “que valen la pena”.

Mi fascinación por el desarrollo personal
Yo, por aquel entonces, al descubrir los famosos canales de desarrollo personal, flipé. Siempre había querido ser una persona capaz de conseguir grandes cosas, y de repente tenía delante de mí un mapa hacia el éxito. No era un camino fácil, pero sí parecía lógico: si quieres resultados extraordinarios, tienes que hacer cosas extraordinarias.
Fue en esa época cuando empecé muchos proyectos: canales de YouTube, marcas de ropa, páginas web… pero todos fracasaron. O mejor dicho, yo fracasé antes de darles siquiera una oportunidad.
La trampa de la comparación

Me daba mucha rabia. Veía a todos esos chicos que parecían avanzar sin parar mientras yo me rendía una y otra vez. No era que mis proyectos no funcionaran, era que no tenía la constancia suficiente para comprobar si funcionaban.
Volver a tu propio camino
Hoy sigo sin “triunfar” como todos esos gurús, pero con el tiempo he aprendido algo más valioso que cualquier resultado: he aprendido a entender el proceso. Y si te sientes estancado o en la misma situación que estaba yo, quizá esto te ayude.
Cuando ves a esos creadores de desarrollo personal, estás viendo a gente en su mejor momento, en su prime.
¿Acaso tú subes una foto a Instagram sin cuidarla? Pues ellos hacen lo mismo, pero con su vida entera. No te compares con personas que están literalmente maquilladas hasta el extremo: es una ilusión, un espejismo.
El problema es que la comparación es inevitable, y con ella vienen las dudas:
¿Y si no estoy avanzando lo bastante rápido?
¿Y si estoy destinado a ser mediocre toda mi vida?No. Apaga las redes un rato. Vuelve a tu camino, sin prisas, sin compararte.
Al final del día, lo que determinará tu éxito no será tu talento ni lo que digas a los demás, sino tu capacidad de perseverar.
Más vale hacer veinte minutos al día, todos los días, que tres horas una semana y rendirte a la siguiente.
Y si ya cuesta mantener la constancia, imagina hacerlo mientras te comparas con la versión perfecta de otros.
Constancia sobre intensidad
No digo que esos canales sean inútiles. La mayoría transmiten mensajes ciertos: sé disciplinado, mantén buenos hábitos, enfócate. Pero ya lo sabes. No necesitas más información, necesitas tiempo, paciencia y silencio.
Porque aunque te digan que también pasaron por momentos difíciles, tú no puedes vivirlos con ellos. Solo ves al chico atractivo, bien vestido y seguro de sí mismo contándotelo desde la cima. Y no, no es lo mismo.

La verdad final: no hay atajos
En conclusión, después de años viendo a gurús del desarrollo personal, llegué a la única verdad que realmente importa: no hay atajos.
La constancia es el único camino.
Así que si ves esos vídeos, no te engañes pensando que estás avanzando. Míralos si te entretienen, si te inspiran o si te relajan un rato, pero no esperes encontrar ahí el éxito.
Porque el éxito —el de verdad— no se mira, se construye.







