Cuando era pequeño, me encantaba jugar a juegos de ordenador. Los típicos juegos online de coches, de fútbol… muy simples todos, pero tremendamente entretenidos.
Recuerdo uno en especial. Apenas lo jugué un par de veces, pero me dejó una enseñanza tan valiosa que todavía hoy la tengo muy presente. Es algo tan sutil que probablemente el creador del juego ni siquiera lo pensó, pero a mí se me quedó grabado.

Un principio simple
El juego era sencillo: tú eras un herrero que debía fabricar las armas de los soldados. Luego, esos soldados iban a la batalla contra los enemigos. Si ganaban, la recompensa era alta; si empataban, media; y si perdían, baja. Con las recompensas obtenidas podías crear armas mejores, y a medida que avanzabas, las batallas se volvían más difíciles. Ese era el sentido del juego: progresar, mejorar tus armas y enfrentarte a retos cada vez mayores.
Yo, como un niño inocente que solo quería pasar un buen rato, empecé a jugar. La primera batalla la gané fácilmente, y para mi sorpresa me dieron 10 lingotes de hierro, 5 de oro y 1 de diamante. Podia hacer espadas de hierro, pero apenas me alcanzaba para un pequeño cuchillo de diamante. En ese momento se me encendió la bombilla: si conseguía ahorrar todos los lingotes de diamante posibles, podría fabricar una mega espada brutal. No me iba a conformar con un simple cuchillo barato.
Así que ese se convirtió en mi objetivo: ahorrar todo el diamante que pudiera.
Contratiempos inesperados
Pero pronto descubrí que hacer aquella espada no iba a ser tan fácil. Las batallas se complicaban, y aunque intentaba fabricar las mejores armas de hierro y oro posibles, no conseguía ganar. Perdía una y otra vez, y las recompensas eran cada vez más escasas.
Aun así, persistí. Y al final, tras muchas derrotas, logré reunir todo el diamante necesario para fabricar la espada definitiva. Estaba eufórico. La construí con todo el cuidado del mundo. Quería que fuera perfecta.
Llegó la gran batalla. Mis soldados salieron al campo de guerra, y aunque el guerrero con la espada de diamante luchó de forma heroica, el ejército rival era demasiado fuerte. Los demás, con sus armas de hierro, cayeron enseguida, y él terminó siendo derrotado.
Había perdido. Y con la derrota, perdí también todos mis diamantes. Cerré el ordenador frustrado y me olvidé del juego.
Un nuevo enfoque
Tiempo después, una tarde aburrida, volví a entrar. Esta vez sin ganas de complicarme: no iba a pensar estrategias ni a ahorrar. Solo quería pasar el rato.
Gané las primeras batallas con facilidad y, sin pensarlo demasiado, gasté todos los recursos que tenía. Con los diamantes fabriqué cuchillos pequeños —nada épico, pero funcionales—.
Y ahí pasó lo inesperado: empecé a ganar todas las batallas. Mis soldados, cada uno con su pequeño cuchillo de diamante, arrasaban. Y con cada victoria, las recompensas crecían, ahora eran mucho mayores que cuando solo empataba o perdia. En pocas partidas ya podía fabricar no una, sino muchas espadas de diamante. Aquella espada que antes me había costado horas reunir, ahora la tenía multiplicada por diez. Mis guerreros iban todos equipados al máximo. Me pasé el juego.
La lección que aprendí
Si eres un poco observador, seguro que ya ves por dónde voy.
Soy joven, lo sé, y me han repetido mil veces que aún no tengo ni idea de la vida. Pero hay patrones que se repiten demasiado.
Veo gente que ahorra durante años para hacer ese viaje soñado. Luego lo hacen… y se acabó, y el dinero ya no está. Otros trabajan y guardan dinero durante media vida para comprarse el coche de sus sueños, y tras un mes conduciéndolo, ya les parece algo rutinario, y el dinero ya no está.
¿Es esto una crítica a invertir a largo plazo? Ni mucho menos. Pero creo que hay una lección más fina detrás de todo esto.
Hace un año trabajé como repartidor en Amazon. Dos meses reventándome a trabajar, y conseguí ahorrar una pequeña fortuna. Justo después se me rompió el ordenador, y yo quería crear este blog, subir vídeos a YouTube… así que decidí invertir en un nuevo equipo. Busqué modelos, comparé, y al final compré el mejor que podía permitirme. Me dejé más dinero del que debía, pero estaba feliz. Hasta que me di cuenta de que el ordenador fallaba como cualquier otro, y ni siquiera usaba todo su potencial. En realidad no necesitaba un equipo tan potente para lo que debía hacer por el momento. Con ese dinero, podría haberme comprado uno más simple, un micrófono y una cámara, y seguramente habría avanzado mucho más rápido.
Si algo aprendí de aquel juego es que mientras esperas tener la espada perfecta, otros ya están ganando guerras con cuchillos. No se trata de ahorrar diamantes, sino de usarlos cuando aún crees que no tienes suficientes. Porque el progreso no premia al que guarda, sino al que se mueve.







