La rutina que empieza cada mañana
Nos levantamos cada mañana, normalmente en uno de los peores momentos del día si toca madrugar. Y más en invierno, cuando las mantas se pegan como lapas. Desayunamos algo, nos arreglamos y vamos al trabajo o a la universidad.
Puede ser un día más o menos ameno, pero en general todo transcurre sin grandes inconvenientes.
Llegamos a casa después de un día largo. Dejamos listas las tareas, intentamos desconectar un rato, pero el sol ya se ha puesto y es de noche. Con suerte nos da tiempo a ir al gimnasio, que aunque da pereza, sabemos que es necesario. Luego cenamos y, con algo de suerte, queda una hora de descanso antes de dormir.

El ciclo emocional de la semana
Era lunes, así que el día se hizo un poco pesado. A medida que avanza la semana y el fin de semana empieza a asomar a lo lejos, el humor mejora. Por fin es viernes: acabas el trabajo contento, satisfecho, con la sensación de haberte ganado dos días de descanso. Todo plan suena bien.
Llega el sábado, para muchos el mejor día de la semana. Y luego el domingo, que aunque sigue siendo fiesta, ya tiene otro sabor. Empiezas a notar esa inquietud suave por volver a arrancar la semana. Y llegan las últimas horas del domingo, las peores del fin de semana. Pero es lo que hay. Mañana volvemos a empezar.
El bucle semanal
Lunes otra vez: pesado, sí, pero asumido.
Martes: igual de pesado.
Miércoles: te vas a dormir con la sensación de que lo peor ya ha pasado.
Jueves y viernes: por fin.
Y entonces, muy despacio, sin darte cuenta, algo empieza a cambiar.

Cuando tu cerebro pone la vida en x2
No es una aceleración brusca. No hay un momento concreto. Simplemente, es como si tu cerebro dijera: “hemos entrado en una parte un poco aburrida de la historia; vamos a ponerlo en x2 y saltar este trozo”.
Puede que sea así. Puede que no.
Pero yo, desde que he empezado a trabajar, noto que el tiempo ha empezado a acelerar. Que pasamos de lunes a viernes, de viernes a lunes y de lunes a viernes de nuevo sin apenas transición.
La época de explorar se está acabando. La época de descubrir cosas nuevas, de investigar, de sorprenderse, de aprender… se está desvaneciendo. Conozco demasiado bien el mundo en el que vivo. Conozco la burbuja en la que me muevo. Nada me sorprende. Todo es lo mismo.
Y, por un momento, siento que el juego se ha acabado.








