Mirarse en el futuro
A veces me imagino a mí mismo dentro de unos años. Me imagino consiguiendo todos mis proyectos y sueños y siendo feliz. Sin embargo, hay un pensamiento que últimamente se me cruza constantemente por la cabeza.
¿Y si el futuro no es tan perfecto?
De aquí a 10 años, incluso si he logrado todo lo que hoy me propongo, quizá no soy tan feliz como ahora creo que sería. Quizá tengo problemas más grandes, aprietos más serios, urgencias que ahora ni imagino.
Nostalgia anticipada
Tal vez extraño la época en la que simplemente era un chaval joven, lleno de dudas, con mucho miedo, pero también con sueños enormes. Ese chico al que le preocupaban tonterías como que sus conocidos descubrieran que tenía un canal de YouTube, o que se rallaba por un examen de la universidad.
Preocuparse menos, vivir más
Le doy demasiadas vueltas a cosas que, sinceramente, no son tan importantes. Debería estar más suelto, más tranquilo. Si trabajo y me esfuerzo, quizá no sé hasta dónde llegaré, pero seguro que no podré reprocharme nada.
Entonces, ¿por qué no apreciar este momento? ¿Por qué no ser consciente —al menos una vez— de la suerte que tengo?
La trampa del “que pase ya”
Sé que este post es corto, pero no me apetece hablar por hablar: el mensaje es claro.
Todos añoramos nuestra infancia; recordamos solo lo bueno. Pero si nos hubieran preguntado entonces, tampoco la habríamos visto tan épica.
Y aun así, el tiempo no perdona. Pasa rápido. Cada vez más.
¿No os ha pasado que pensáis: “ojalá pase ya este examen, ojalá llegue este día”, y cuando os dais cuenta, ya han pasado semanas desde ese momento? A veces pienso que, cuando me dé cuenta, seré un anciano con pocas fuerzas, viviendo mis últimos instantes.
Solo espero que, cuando llegue ese día, tenga cosas bonitas que recordar.








