Ser feliz no es tan difícil

Todos recordamos con cariño nuestra niñez. Las tardes en el parque con los amigos, los partidos de fútbol en el patio, los juegos, las cartas y el bocadillo de nocilla para merendar. Todos hemos crecido, hemos aprendido y nos hemos formado; somos más fuertes, más capaces y más independientes. A priori todo es mejor pero… seguimos sintiendo nostalgia de esos tiempos. ¿Por qué?

Por qué idealizamos a los niños

Se dice que los niños son seres de luz. Seres puros que son, en realidad, nuestra esencia. Son, por así decirlo, nuestro ADN en su forma más simple. Pero a medida que crecemos nos adaptamos al entorno que nos rodea para sobrevivir. Dejamos de hacer cosas que nos apasionan para cumplir con las expectativas que se esperan de nosotros.

La frase cursi que empieza a tener sentido

Yo siempre había oído la típica frase de que “debes sacar al niño que hay en tu interior”. Y sinceramente… me parecía una frase cursi de estas que ves en una taza de Mr. Wonderful. Pero ahora lo entiendo de otra manera.

El niño interior no es lo que pensamos

No va de ponerte a jugar con muñecos ni de hacer el tonto porque sí. Va de recuperar esa parte de ti que no tenía miedo al ridículo. Esa parte que probaba cosas nuevas sin pensar “qué dirán”. Esa parte que no tenía ansiedad por el futuro ni se castigaba por cada error.
Va de recordar que un día fuiste alguien que se permitía disfrutar sin sentir culpa.

Lo que ganamos y lo que perdemos al crecer

De pequeños no necesitábamos un propósito épico para levantarnos: bastaba con saber que después del colegio había fútbol, o que venía tu amigo a casa. Todo era más simple… pero no porque el mundo lo fuera, sino porque tú lo vivías así. Sin capas encima. Sin filtros.

Con los años ganamos muchas cosas —madurez, herramientas, independencia—, pero también perdemos otras. Y algunas de esas pérdidas duelen más de lo que admitimos.

La clave: unir versiones, no elegir

La nostalgia no es un deseo de volver atrás; es un recordatorio de lo que dejamos de ser para convertirnos en lo que somos ahora. Y quizá la clave no es elegir entre una versión u otra, sino intentar unirlas.

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